La influencia de las emociones en la mediación familiar

Una definición rápida y simplificada de lo que es la mediación familiar podría ser “tomar decisiones con emociones que interfieren”.

Cuando se trata de conflictos familiares, como por ejemplo puede ser pactar el régimen de custodia sobre un hijo, consensuar cómo se van a distribuir las vacaciones para que la menor esté en las mejores condiciones posibles, o calcular el porcentaje de gasto que asumirá cada una de las partes, las emociones están muy involucradas y puede llegar a ser difícil tomar decisiones.

Como se puede comprobar, la mediacion familiar no solo da cobertura a casos de rupturas de parejas, sino que también se ocupa de casos tan cotidianos como el de unos hermanos que buscan ponerse de acuerdo para cuidar a sus padres dependientes, o el de abuelos que reclaman pasar más tiempo con sus nietos tras el divorcio de sus padres, o bien conflictos provocados por temas de herencia o negocios familiares, etc.

La mediación familiar, frente a los juicios en los tribunales, ofrece una ventaja primordial: las partes se sienten escuchadas, pueden expresar sus emociones y pueden manifestar pacíficamente sus intereses, todo ello en una atmósfera de empatía y diálogo. Esto permite que sea mucho más fácil llegar a un acuerdo mutuo en el que ambos salgan beneficiados de alguna forma, ya que el principio de voluntariedad de la mediación parte de que los contendientes tienen cierta predisposición al entendimiento. El servicio de mediación familiar de la provincia de Guipúzcoa atendió 422 casos durante el pasado año, de los que casi el 80% finalizaron en acuerdo.

Pero la mediación familiar no es un camino de rosas, los acuerdos no se producen de forma mágica, hay ocasiones en las que es solo una de las partes la que da el paso o incluso las partes pueden presentar diferentes planteamientos y se crean situaciones incómodas. Sin embargo, los procedimientos llevados a los juzgados consumen mucho más tiempo y desgastan más emocionalmente, aparte de ser menos económicos. Y lo más importante: la solución no la da una tercera persona o un juez, sino que nace de las propias personas enfrentadas.

Un concepto erróneo de la mediación es que el mediador indica a las partes lo que deben hacer, mientras que su papel y su función, conforme al principio de imparcialidad, consiste en hacerles reflexionar para que tomen decisiones consensuadas. Los mediadores familiares solo han de intervenir en casos muy excepcionales y puntuales, como por ejemplo garantizar los intereses de un menor.

Aunque un proceso de mediación familiar no llegue con éxito a un acuerdo, sigue siendo de gran importancia el proceso previo de reflexión de las partes para mejorar la relación de cara al futuro, o al menos no empeorarla.